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APUNTES SOBRE EL DISCURSO DE LA ESCUELA EN TIEMPOS DIFÍCILES

APUNTES SOBRE EL DISCURSO DE LA ESCUELA EN TIEMPOS DIFÍCILES

Por: Johnny E. Mercado Benítez

La historia, en todos sus anales, ha podido registrar la permanente preocupación del hombre por el papel de la escuela en la sociedad. A cada avance científico, la escuela trata de interceptar todo cuanto sea útil para su tarea humanística. No obstante, el desarrollo actual de la tecnología, con todas las implicaciones que representa en el aspecto de los medios masivos de comunicación, que poderosamente inciden en la educación, tiene una trascendencia tal que internet no se debe comparar con la imprenta sino con la invención del alfabeto, debido a que no es solamente un difusor de viejos saberes sino una nueva forma de escribir y de producir saber. En este sentido, la institución escuela, que tiene infinitos puntos de intersección con la ciencia y la tecnología, no debe progresar numéricamente, mientras éstas avanzan en proporción geométrica. Es indudable que el paisaje cultural se constituye en la intercesión angular de esta tríada que, permanente y urgentemente, requiere estar articulada.

Mucha tinta se ha gastado con relación al “divorcio” o distanciamiento de la escuela respecto de la realidad social. Se ha llegado a calificar a la escuela como “una cabina de cristal”. Frente a este panorama el educador realiza ingentes esfuerzos por armonizar su “claustro” con el entorno de la comunidad educativa. Para ello se vale de las más avanzadas invenciones tecnológicas que manan “a granel” en todos los escenarios: televisión, radio, prensa escrita, cine, internet, etc. No obstante, los frutos deseados no se alcanzan a ver en todas sus dimensiones. Pero como se sabe, éste es sólo uno de los elementos que entran en el proceso educativo, el cual tiene que ver más con unas estrategias de comunicación que favorezcan la participación en inviten a la imaginación y a la crítica de los actores de la educación, que con almacenamiento y difusión de información. Paradójico: se observa una crisis comunicativa en el espacio educativo en una época donde proliferan las tecnologías de la información y la comunicación.

Los medios de comunicación son valiosos instrumentos en todo proceso educativo. Sin embargo, a muchos colegas se les olvidan otros elementos patentes en el entorno, no los explotan en todas sus dimensiones. Inclusive, me atrevo a afirmar, aventuradamente, que en muchos casos, esos elementos no son ni explorados. Todo esto no puede dar otro resultado que un profesor “dictador” de teorías que, en algunos casos, han sido revaluadas; ignorando, por completo, la existencia de un paisaje cultural. Así las cosas, nunca se centra el interés del estudiantado mas que en los contenidos de algunos libros. Muchos jóvenes no saben los nombres de las calles donde están ubicadas sus propias casas, no conocen ni les interesan las historias de sus barrios. Es indudable que la escuela, en este sentido, estará “divorciada” de la realidad en la que se encuentra inmersa. En la ciudad abundan los grafiti; los jóvenes los leen; el profesor no los explota. Los jóvenes son más competentes para la vida por su interacción con el paisaje cultural que por su formación en la escuela. La escuela tiende, sobre todo, al atrincheramiento en su propio discurso, puesto que cualquier otro tipo de discurso es contemplado como un atentado a su autoridad.

El distanciamiento de la escuela con respecto a la realidad social no obedece a la falta de tecnología sino a la ausencia de estrategias que inviten a la reflexión, que exciten la imaginación y la creatividad de los estudiantes en la solución de problemas. El discurso del docente no es significativo para el estudiante por la cantidad de conocimientos que pueda trasmitir sino por la experiencia que éste pueda vivenciar, en sus discípulos, del mundo que le ha tocado vivir en suerte. Mientras el discurso no se impregne de la calle, del paisaje urbano, de las afectaciones subjetivas, jamás tendrá significación en la vida del estudiante.

Si la escuela no se nutre de ese caos rico que evoluciona a diario en el paisaje cultural, seguirá desplazada, en muchos aspectos, por los medios de comunicación masiva. El grafiti, por ejemplo, hace parte de nuestro medio ambiente y es la expresión de la vida de nuestra comunidad, de sus problemas, de sus cóleras y de sus reivindicaciones, pero también de su honor y de su poesía. Pensemos qué nos dice el hecho de que una persona recurra a un grafiti para expresarse. Una de ellas es que esa persona no tuvo acceso a los medios de comunicación que cuentan con cierta “bendición oficial”. Podemos decir entonces que el grafiti expresa mucho más de lo que aparece escrito. En otras palabras, también nos comunicamos con las palabras que no decimos. ¿Por qué la escuela no explota estas prácticas discursivas del paisaje cultural?

En estos momentos ya tenemos un idea de cómo es esa intercesión del paisaje cultural urbano en lo pedagógico, pero detengámonos en otro asunto. De acuerdo a lecturas realizadas, relacionadas con corrientes latinoamericanas sobre teorías de la comunicación, se puede inferir que la puerta de entrada de América latina a la modernidad no fue la escuela sino los medios de comunicación masiva. Pienso, muy particularmente, que la escuela todavía tiene esa deuda con el hombre latinoamericano porque los medios continúan llevando la delantera. Los medios afectan la subjetividad de la masa en mayor proporción que la escuela. De hecho, los estudiantes están más prestos a ser influenciados por los medios que por la misma escuela. Está demostrado que el añejo y rancio discurso tuvo su trascendencia histórica en la escuela, pero hoy no es significativo en el proceso educativo. Esta última afirmación no riñe en absoluto, aunque sí guarda relación, con “la importancia de hablar mierda”.

Ahora, miremos otros bemoles del asunto para que la mirada sea compleja y más completa. Los medios de comunicación no trasmiten lo que ocurre en la realidad social, sino que imponen lo que construyen del espacio público. Además, si bien es cierto que los medios manipulan, no es menos cierto que también son manipulados. Lo cual lleva a afirmar, de manera polémica, que los medios de comunicación no son una instancia de poder, aunque esto no quiere decir que no interactúen con los juegos del poder. La escuela no ha sabido aprovechar estos puntos de intersección.


Considero, finalmente, que la ciudad vista desde sus usos pedagógicos, es el intercesor más valioso con que cuenta la escuela para cumplir ese papel que le reclama la historia presente. La ciudad como comunicación, como paisaje cultural cambiante, es propiciadora del sinnúmero de intersecciones entre medios y escuela. Es allí donde la escuela debe interceptar el rico potencial que nutrirá su razón de ser.

ARTÍCULO

APUNTES SOBRE EL DISCURSO DE LA ESCUELA EN TIEMPOS DIFÍCILES.

Por: Johnny E. Mercado Benítez.

Catedrático Universidad Distrital Francisco José de Caldas (Bogotá).

La historia, en todos sus anales, ha podido registrar la permanente preocupación del hombre por el papel de la escuela en la sociedad. A cada avance científico, la escuela trata de interceptar todo cuanto sea útil para su tarea humanística. No obstante, el desarrollo actual de la tecnología, con todas las implicaciones que representa en el especto de los medios masivos de comunicación, que poderosamente inciden en la educación, tiene una trascendencia tal que internet no se debe comparar con la imprenta sino con la invención del alfabeto, debido a que no es solamente un difusor de viejos saberes sino una nueva forma de escribir y de producir saber. En este sentido, la institución escuela, que tiene infinitos puntos de intersección con la ciencia y la tecnología, no debe progresar numéricamente, mientras éstas avanzan en proporción geométrica. Es indudable que el paisaje cultural se constituye en la intercesión angular de esta tríada que, permanente y urgentemente, requiere estar articulada.

Mucha tinta se ha gastado con relación al “divorcio” o distanciamiento de la escuela respecto de la realidad social. Se ha llegado a calificar a la escuela como “una cabina de cristal”. Frente a este panorama el educador realiza ingentes esfuerzos por armonizar su “claustro” con el entorno de la comunidad educativa. Para ello se vale de las más avanzadas invenciones tecnológicas que manan “a granel” en todos los escenarios: televisión, radio, prensa escrita, cine, internet, etc. No obstante, los frutos deseados no se alcanzan a ver en todas sus dimensiones. Pero como se sabe, éste es sólo uno de los elementos que entran en el proceso educativo, el cual tiene que ver más con unas estrategias de comunicación que favorezcan la participación en inviten a la imaginación y a la crítica de los actores de la educación, que con almacenamiento y difusión de información. Paradójico: se observa una crisis comunicativa en el espacio educativo en una época donde proliferan las tecnologías de la información y la comunicación.

Los medios de comunicación son valiosos instrumentos en todo proceso educativo. Sin embargo, a muchos colegas se les olvidan otros elementos patentes en el entorno, no los explotan en todas sus dimensiones. Inclusive, me atrevo a afirmar, aventuradamente, que en muchos casos, esos elementos no son ni explorados. Todo esto no puede dar otro resultado que un profesor “dictador” de teorías que, en algunos casos, han sido revaluadas; ignorando, por completo, la existencia de un paisaje cultural. Así las cosas, nunca se centra el interés del estudiantado mas que en los contenidos de algunos libros. Muchos jóvenes no saben los nombres de las calles donde están ubicadas sus propias casas, no conocen ni les interesan las historias de sus barrios. Es indudable que la escuela, en este sentido, estará “divorciada” de la realidad en la que se encuentra inmersa. En la ciudad abundan los graffiti; los jóvenes los leen; el profesor no los explota. Los jóvenes son más competentes para la vida por su interacción con el paisaje cultural que por su formación en la escuela. La escuela tiende, sobre todo, al atrincheramiento en su propio discurso, puesto que cualquier otro tipo de discurso es contemplado como un atentado a su autoridad.

El distanciamiento de la escuela con respecto a la realidad social no obedece a la falta de tecnología sino a la ausencia de estrategias que inviten a la reflexión, que exciten la imaginación y la creatividad de los estudiantes en la solución de problemas. El discurso del docente no es significativo para el estudiante por la cantidad de conocimientos que pueda trasmitir sino por la experiencia que éste pueda vivenciar, en sus discípulos, del mundo que le ha tocado vivir en suerte. Mientras el discurso no se impregne de la calle, del paisaje urbano, de las afectaciones subjetivas, jamás tendrá significación en la vida del estudiante.

Si la escuela no se nutre de ese caos rico que evoluciona a diario en el paisaje cultural, seguirá desplazada, en muchos aspectos, por los medios de comunicación masiva. El graffiti, por ejemplo, hace parte de nuestro medio ambiente y es la expresión de la vida de nuestra comunidad, de sus problemas, de sus cóleras y de sus reivindicaciones, pero también de su honor y de su poesía. Pensemos qué nos dice el hecho de que una persona recurra a un graffiti para expresarse. Una de ellas es que esa persona no tuvo acceso a los medios de comunicación que cuentan con cierta “bendición oficial”. Podemos decir entonces que el graffiti expresa mucho más de lo que aparece escrito. En otras palabras, también nos comunicamos con las palabras que no decimos. ¿Por qué la escuela no explota estas prácticas discursivas del paisaje cultural?

En estos momentos ya tenemos un idea de cómo es esa intercesión del paisaje cultural urbano en lo pedagógico, pero detengámonos en otro asunto. De acuerdo a lecturas realizadas, relacionadas con corrientes latinoamericanas sobre teorías de la comunicación, se puede inferir que la puerta de entrada de América latina a la modernidad no fue la escuela sino los medios de comunicación masiva. Pienso, muy particularmente, que la escuela todavía tiene esa deuda con el hombre latinoamericano porque los medios continúan llevando la delantera. Los medios afectan la subjetividad de la masa en mayor proporción que la escuela. De hecho, los estudiantes están más prestos a ser influenciados por los medios que por la misma escuela. Está demostrado que el añejo y rancio discurso tuvo su trascendencia histórica en la escuela, pero hoy no es significativo en el proceso educativo. Esta última afirmación no riñe en absoluto, aunque sí guarda relación, con “la importancia de hablar mierda”.

Ahora, miremos otros bemoles del asunto para que la mirada sea compleja y más completa. Los medios de comunicación no trasmiten lo que ocurre en la realidad social, sino que imponen lo que construyen del espacio público. Además, si bien es cierto que los medios manipulan, no es menos cierto que también son manipulados. Lo cual lleva a afirmar, de manera polémica, que los medios de comunicación no son una instancia de poder, aunque esto no quiere decir que no interactúen con los juegos del poder. La escuela no ha sabido aprovechar estos puntos de intersección.


Considero, finalmente, que la ciudad vista desde sus usos pedagógicos, es el intercesor más valioso con que cuenta la escuela para cumplir ese papel que le reclama la historia presente. La ciudad como comunicación, como paisaje cultural cambiante, es propiciadora del sinnúmero de intersecciones entre medios y escuela. Es allí donde la escuela debe interceptar el rico potencial que nutrirá su razón de ser.

CRÓNICA

Retorno de un extranjero

Hace un cuarto de siglo viví en Bogotá. Leerla de nuevo implica internarme en mundos nuevos. Es una especie de redescubrimiento. Los espacios y los signos que encuentro, aunque guardan relación con mi ciudad natal, Barranquilla, no dejan de ser novedades en mi vida.

El barrio donde vivo, Gustavo Restrepo, que no es el mismo barrio Restrepo, guarda cierta uniformidad en su arquitectura, lo cual muestra cierta obediencia a una planeación urbana. Algunos vecinos me han contado que Gustavo Restrepo fue un militar, o tal vez un político, que influyó mucho en ese proyecto urbano. Por tanto, a esas casas no tuvo acceso la clase desposeída.

El paradero de buses está ubicado a veinte pasos del apartamento donde vivo. Cuando usé el servicio por primera vez, salí al paradero y me causó mucha curiosidad ver una organizada fila de de personas. Las observé tratando de descubrir el objetivo de esa formación cuasi-militar, pero me rendí a hacer la lectura porque la buseta ya se ponía en marcha. Apresuradamente ascendí. Todos los cuasi-militares pusieron el grito en el cielo, reclamándome airadamente por qué no había hecho la fila. Desafortunadamente yo ya había pasado la registradora (o el torniquete, como decimos en Barranquilla).

Ya en marcha, la buseta tomó una calle que era una especie de frontera: mientras a la izquierda se observaba un relativo orden y cierta estética, a la derecha había mucha basura, caos, muros pintorreteados con frases y dibujos obscenos. Era algo así como dos ciudades divididas por una calle. Fueron muchos los umbrales que encontré a lo largo de la ruta hacia mi sitio de trabajo: una manzana de poder, otra de indigencia; un majestuoso parque suficientemente arborizado de eucaliptos, tres cuadras desérticas; una señora con aire de gran dama, una pordiosera.

Un sitio que frecuento, últimamente, es la sede Macarena A de la Universidad Distrital. Allí el primer contacto con la palabra es en forma escrita, en los muros de la universidad. Esos graffiti parecen hojas de cuadernos, amarillentas unas, rotas otras. Los discursos plasmados me hacen pensar en el mundo entero: una estrella roja de la Juventud Comunista, las siluetas del Che Guevara y de Malcolm X, Camilo vive,

Alabanza al comunismo de B. Brecha, los Sin Tierra de Brasil, las solidaridad internacional con Nepal, el Medio oriente, en fin, un sinnúmero de manifestaciones centradas en el asunto político nacional y mundial.

De otra parte, en los baños, pasillos, escaleras e incluso, en el piso, existen otros discursos: máximas, verdaderos poemas de amor, imágenes eróticas y obscenas.

Algunos graffiti han sido objeto de respuesta en el mismo muro: “Pienso, luego no tomo Coca-cola”. La respuesta fue: “ni carne, ni leche, ni pan… no sea imbécil”. También me encuentro con otros que, teniendo un tono grotesco, se convierten en una trasgresión: “Cuando el mundo te muestre su vagina, dale con todo”.

La gran mayoría de estos avisos ha sido escrito de prisa, pero hay algunos en los que se nota toda la calma del caso, como uno que se encuentra a la entrada, el cual invita a acallar los fusiles para darle paso a la palabra.

Desde el punto de vista estético puede pensarse que esos avisos afean la universidad, que son expresión de marginalidad, etc. Pero también se puede leer que las personas que expresaron esas ideas no tiñeron o no tienen otro medio. De otra parte, también habría que preguntarse el criterio para determinar qué es lo bello.

Un tema que me llamó la atención fue el nombre de un escenario que hay en la universidad: la Plaza de La Aburrida. Supongo que no es el nombre oficial. Pregunté a algunos estudiantes y me contaron que, algunos años atrás, una estudiante esperaba a su novio en ese lugar, un tanto aburrida. Al parecer el novio nunca llegó porque en una reyerta entre estudiantes y ejército, perdió la vida. Se dice que, en homenaje a ella, se colocó en ese sitio una escultura. Posteriormente, por razones no muy claras, se destruyó la escultura. Sin embargo, aún se conserva la silueta de la escultura en el rincón desde estaba La Aburrida.

Para terminar mi lectura de este rincón de la ciudad, que parece una colcha del mundo, me referiré al momento de salir de la universidad. Allí me habló la arquitectura mediante un puente peatonal. Nunca lo he usado; eso indica que tal vez no soy un ejemplo, y tengo ese disgusto conmigo. Realmente nunca he visto a nadie usar ese puente. He pensado en las posibles causas de su subutilización: las personas que vienen ascendiendo la empinada calle ya no tienen aliento para subir un puente tan alto; la calle es angosta y la gente piensa que puede cruzarla sin el mayor riesgo; el puente está mal ubicado, pues debería estar justo más cerca de la entrada de la universidad. Sea cual fuere la causa, esa obra sigue allí, aburrida.

EL ABUELO TAMBIÉN VA A LA ESCUELA

Johnny Mercado, un hombre caribeño de 46 años, abuelo de tres hermosas criaturas, también va a la escuela, y no precisamente para acompañar a sus nietos, sino para estudiar. En enero de 2006 inició estudios en la especialización en Pedagogía de la Comunicación y Medios Interactivos de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas con el fin de mejorar su profesión de educador. Actualmente se desempeña como profesor catedrático de la misma universidad y comparte gustoso sus conocimientos de lenguas extranjeras con sus compañeros. Disfruta plenamente cada momento de su vida en la universidad, tanto en calidad de estudiante como de profesor.

El abuelo conoció el sábado 10 de febrero a su nueva profesora, María Mercedes Pacheco, quien presentó su seminario de Prensa. Como a un niño, al abuelo le creció el interés por todo cuanto iría a aprender en ese nuevo saber. Se llenó de entusiasmo porque, aunque ya había tenido dos experiencias de prensa escolar impresa en la ciudad de Barranquilla, fueron muchas las fallas que cometió en esos procesos. A pesar que el seminario tiene dificultades serias como el tiempo con que se cuenta para realizarlo y el menguado presupuesto de la universidad, el abuelo ha guardado la esperanza de que, en compañía de sus compañeros y el tesón de su nueva profesora, se pueda publicar un tabloide aunque sea de cuatro páginas.

Todavía el abuelo va a la escuela y sueña como niño.